Conocí a Fernando Sánchez Dragó hace más de treinta años. Yo era una jovencísima periodista entonces y él ya no. Quiero decir que aunque siempre se sintiera el hombre más joven del mundo (sensación que no le abandonó hasta su muerte) e incluso, diría yo, el más seductor del planeta, recuerdo que, cuando pasados los años me hablaba con complicidad del pasado, “cuando nos conocimos en El Escorial”, le repateaba que le recordase que era de la misma edad que mi madre. Más allá de su gen donjuanesco que le llevó a presumir de su vida sexual hasta el cuarto de hora anterior a su fallecimiento y que desde la distancia resultaba un poco grotesco, Fernando era un conversador glorioso, un intelectual sin parangón, un ser capaz de desarrollar cualquier teoría y la contraria y el hombre más libre de cuantos compartieron con él tiempo o historia. Él vivió como quiso, cambió como quiso y, ejem, fornicó como quiso. Creo que fue un buen padre (o si no tuvo la magnífica suerte de tener hijos tan excelentes como mi admirada Ayanta Barili), bastante buen amigo de sus amigos y, pese a lo que consideren algunos, un tipo respetuoso con sus semejantes. Otra cosa es que fuera capaz de desgañitarse frente a la estupidez, que tirase de su intelecto privilegiado para ridiculizar posturas que le eran ajenas y que, a lo largo de su vida, fuera variando de criterio (que levante la mano quien no lo haya hecho). Escribió más de cuarenta libros, realizó traducciones, colaboró en prensa, radio y televisión y fue capaz de no dejar indiferente a nadie jamás. Yo le tenía cariño, aunque me tapara los ojos con el dorso de la mano para no ver alguno de sus pecados confesados o hiciera caso omiso a su aburrida perorata respecto a su virilidad. También le admiraba. Creo que he conocido a muy poca gente capaz de ser tan disciplinada con el trabajo, de combatir aquello en lo que no creía, aunque le fuera el prestigio en el asunto, de intentar exprimir la vida al máximo y de disfrutar de cada instante como si fuera el último. Fernando Sánchez Dragó ha muerto a los 86 años, pero teniendo en cuenta lo mucho que leyó, viajó, soñó, inventó y disfrutó, esos años que vivió hay que multiplicarlos por dos. Adiós, Fernando. Ojalá el cielo sea un paraíso lleno de huríes y al tiempo la biblioteca de Borges. Así serás feliz…
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