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Lo que la primavera hace con los cerezos

Publicado en El Imparcial

Marta Robles es una periodista y escritora de primer relieve, quizás el primer oficio oscurezca el segundo, pero pocas escritoras brillan con su talento. Luisa y los espejos (Premio Fernando Lara 2013) me dejó arrobado, los amores de D´Annunzio con la marquesa Casati Stampa, bibliografía incendiaria al final, pura canela fina. Incluso títulos aparentemente frívolos como Madrid me Marta descubren otra capital del reino, entre el ocio y la copa burbujeante. Ahora llega el turno a otro tocho de mucho fuste: Lo que el amor hace con los cerezos: Historias de amor y desamor de grandes creadores (Espasa). Completo hechizo.

Aparecen las letras desesperadas del Rimbaud que pide a Verlaine que no huya: “Vuelve, vuelve, querido amigo, único amigo, vuelve. Te juro que seré bueno. Si me he mostrado desagradable contigo, fue tan solo una broma; me cegué, y me arrepiento de ello más de lo que puedas imaginar. Vuelve, todo estará totalmente olvidado. ¡Qué desgracia que hayas tomado en serio esta broma! No paro de llorar desde hace dos días. Vuelve”. Aparece William Burroughs escribiendo Queer en la cárcel tras haber asesinado a su esposa por error: “Me veo forzado a reconocer que nunca me hubiera convertido en escritor de no haber sido por la muerte de Joan. (…) La muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, con el Espíritu Feo y me condujo a la lucha de toda una vida, de la cual no tenía más que escribir para salir de ella”. Vuelven los libros nerviosos: aquellos que, por un lado son golpe de vida, por el otro escritura en estado de rapto. Vuelven los venenos callados.

Caravaggio, violento y psicótico, bajo la lupa de todos los aumentos: “Entre sus delitos los hay de todo tipo: llevar una espada, una daga o un puñal sin permiso, golpear a un hombre con un bastón, insultar y atacar a otro con una espada, asaltar a un camarero en una taberna, arrojar piedras a un policía, y otros tantos, incontables, que se suceden, sin remedio, en su vida cotidiana”. Vuelven los amores y los amantes asesinos en los labios nuevos y recién mojados por una saliva de bruma. El canto de Salgari, cisne negro, alas quietas: “Todo se acaba. Hasta lo que más duele. Hay que celebrarlo”. Cuarenta o cincuenta páginas de bibliografía letal, libro infinito. Paul Bowles y sus acuarelas en el espejo roto: “El protagonista masculino es mi autorretrato, y aunque Jane no estuvo conmigo en ese viaje, digamos que la he utilizado como modelo, del mismo modo que lo hace un pintor”. Vida en llamas, loca vida privada.

Henry Miller y sus borracheras ciegas: “June, la bella June. Miller abandona a su primera esposa y a su hijo por ella. Pero la pareja no se asienta y, sobre todo él, no consigue ser el escritor que desea ser. Su situación le inquieta. Demasiados rechazos editoriales. Y demasiados años cumplidos para permitirse no hacer nada. Necesita experiencias. Otra vida. La precariedad. Solo así podrá escribir algo de valor incontestable. Por eso viaja a París, solo y sin dinero. Y folla sin descanso a cambio de sensaciones, de orgasmos y de comida”. La vida al raso, los bares encendidos, las calles mojadas. Sartre por primera vez siendo igual de breve que radical a su amada Simone: “Te he sido fiel a mi manera”. “Y ella aguantaba, claro, porque ese era el pacto, pero no sin perturbación”. Besos robados. Orlovsky escribiendo a Ginsberg desde la mejor ventana: “No te preocupes, querido Allen, las cosas van bien –aún cambiaremos el mundo a nuestro deseo- incluso si tenemos que morir, pero oh el mundo tiene 25 arcoíris al borde de mi ventana”.

Lo dijo Neruda en el poema 14 de Veinte poemas de amor y una canción desesperada: “Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”. Robles recoge el guante: “El amor y el desamor o la desaparición del ser amado provocan las mayores emociones en todos los seres humanos. A los artistas, además, los empujan a crear. Lo necesitan. La creación es lo único que los salva de sí mismos, de su zozobra al sentir, de su propia intensidad exacerbada por la pasión. Según Freud, no se trata de amor sino de sexo”. Amores irracionales, amores violentos, amores artísticos, amores bajo la doma del arrebato, amores pisoteados por el otro, amores histéricos, amores históricos, pasiones creadoras cuyo reflejo dura.

Marta Robles escribe como los ángeles y bajo la poética de Picasso (“Todo acto de creación es, en primer lugar, un acto de destrucción”) y la de Baudelaire (“El amor es el anhelo de salir de uno mismo”) arma este puzle y este grito lujoso. Más de cien nombres con sus tantas polaridades y agrupados por etiquetas: los asesinos, los más negros, los depravados, los atormentados. La ola golpea en la cara y ventila las habitaciones cerradas por el fornicio. Larra, cansado de Pepita y del trajín de los niños, uniéndose con Dolores en relación adúltera: “La más bella entre las bellas, Dolores, la estrella de Sevilla, de negros cabellos, trenzados al desgaire por los dedos del amor; la andaluza de piececitos hechiceros, de tímidos andares, de senos alabastrinos, de talle esbelto, balanceándose como la flor sobre el tallo ondulante, de miradas de fuego surgió ante mis ojos con todos los encantos de la belleza española; esa belleza morena, imagen y compendio del fuego de su alma”. Marta Robles, un amor. Lo que queda de la pasión tras su quita. Lautrec, de putas, no más alto que una banqueta, pero con el bolo duro, con el ciruelo dispuesto, porque la vida lo pide. Víctor Hugo, del follar a brincos, todo galeote.

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