En estos turbulentos días en los que desde algunos programas de Telecinco animan a que cualquier ciudadano, móvil en mano, se convierta en un espía de famosos y denuncie sus actividades, inocentes o no, en los programas del corazón, recuerdo que tal y como se ha estado contando, utilizar los datos de otro, de salud, del móvil o de cualquier otro apartado personal, es un puro y duro delito desde siempre, aunque el que lo rentabilice sea un tercero. Ya decía Mata-Hari aquello de “si alguien dice que me proporcionó información secreta, el delito lo cometió él y no yo”. Y no hay que olvidar que, informe quien informe sobre la estricta intimidad, suele conllevar, serias desgracias. No estoy exagerando. Hay varios episodios de suicidio asociados a este cotilleo del que no nos salvamos ninguno. Y me explico: todos queremos descorrer los visillos y ver lo que ocurre en la calle. Y nos pasamos horas indagando en los instagrams ajenos, cuyo éxito nace, precisamente, de nuestro afán de saber de los otros. En realidad, hemos avanzado poco en veintiún siglos. La curiosidad malsana es consustancial a hombres y mujeres. Y digo hombres y mujeres, porque durante buena parte de la historia de la humanidad, se asoció ese querer saber de lo pequeño y privado de los demás solo a las mujeres, y eso es tan falso como casi todas las consideraciones respecto al carácter estratega de las señoras de otros tiempos, a las que se incapacitaba para actuar de manera normal, obligándolas a hacerlo de ese otro sinuoso modo. Los hombres son igual de dados a preocuparse de las acciones de los demás, con el mismo o mayor interés que las mujeres. De hecho, los embajadores -casi siempre hombres- tuvieron esa misión desde que se inventó su cargo y, tal y como decía el escritor y diplomático Diego de Saavedra Fajardo: “los embajadores son espías públicos, y sin faltar a la ley divina ni al derecho de las gentes, pueden corromper con dádivas la fe de los ministros para descubrir lo que injustamente se maquina contra su príncipe”. O lo que ellos mismo: ellos también cotilleaban aunque lo hicieran, digamos que con un fin mal alto. En todo caso, dejando a un lado los espionajes políticos, diplomáticos y oficiales (que casi siempre tienen su parte correspondiente de escándalo personal), espiar el día a día de los demás es una cosa muy fea. Sobre todo, porque, como dice el refrán, “el que busca, encuentra”. Nadie soportaría un ojo permanente sobre sí, sin defraudar la confianza. Es imprescindible tenerlo en cuenta si cuando nos decidimos a sumarnos a la corriente y lapidar a los espiados.
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