LUNES 7 de marzo. Me levanto pensando en la guerra Rusia-Ucrania, como todos. Hasta ahora, también como todos y desde hace dos años, me levantaba pensando en la pandemia, en si el mundo podría recuperar su libertad de movimiento y su capacidad para abrazarse sin reparos. Y cuando empiezo a ver el horizonte despejado de reticencias y mascarillas, emerge el rostro del mal, personalizado en un tipo incontrolable y despiadado, que los dirigentes del mundo entero conocen a la perfección. De hecho, Putin -a quien no hace falta ni nombrar para que se sepa que se habla de él- es el presidente que más tiempo ha estado en el poder en Rusia, sumando sus dos mandatos. Con él han “dialogado” todos los representantes de las potencias grandes y pequeñas del planeta. Y todos han coincidido en su inquebrantable voluntad de hacer lo que le da gana. Tanto es así, que es ahora, en tiempo de guerra, cuando se cuestiona a los oligarcas de su país y a todos esos bienes suntuosos que tienen repartidos por el mundo; pero antes, toda esa riqueza (que han conseguido de una manera, digamos no muy ortodoxa, gracias a Putin), no se ponía en tela de juicio en los distintos países. Tampoco en el nuestro. Tal vez y solo tal vez, los dirigentes internacionales deberían haber sido más responsables con lo que estaba ocurriendo en los alrededores de una Rusia controlada por ese peligroso demente de ideas firmes. Crimea, el Donbass…, los antecedentes de esta guerra anunciada, que desestimaba Europa, pero EEUU anticipaba, estaban ahí. Solo que nadie quiso tomárselos en serio e iniciar las negociaciones antes de que comenzaran a estallar las bombas, murieran inocentes y tantos otros tuvieran que abandonar Ucrania. Ahora, todo son medidas y decisiones huracanadas, respecto a la economía, a las armas o a la propia estrategia de guerra. Y, por desgracia, ninguna parece albergar la más mínima esperanza de acabar con el conflicto. Así las cosas, el mundo entero vive cada vez más asustado por la capacidad de un solo hombre de mantener en vilo a todos los demás con su amenaza de apretar un botón y dejarlo todo reducido a la nada, mientras en el aire queda una pregunta: ¿Nadie puede con Putin ni dentro ni fuera de sus fronteras? Dicen que no hay Judith que se atreva contra este Holofernes. Ni tampoco Bruto que libere a esa “Roma”. Así que mientras se suceden las reuniones a la desesperada con el hombre de los ojos de hielo, las noticias no pueden ser peores. No es ya que esta guerra estuviera en los vaticinios de Nostradamus o de la Virgen de Civitavecchia, es que las más confiables predicciones del Pentágono advierten de que el conflicto podría durar entre 10 y 20 años. Una o dos décadas, en manos de un loco invencible.
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