NO recuerdo en qué libro de Nietzsche leí aquella famosa frase suya incontestable, que se me quedó grabada en la adolescencia, pero sí sé lo que decía: “No que tú me hayas mentido sino que yo ya no pueda creerte es lo que me aterra”, (algo así, no es literal). No hay nada que provoque más pánico que la pérdida de confianza. Descubrir que no se puede creer nunca más en aquel de cuyas palabras no se dudo jamás, supone un descalabro emocional. Y ya si se hace en un ejercicio de cinismo por parte del mentiroso, entiendo que la decepción se multiplica. Bien, pues el mismo Pablo Iglesias, retirado de la política, no por voluntad propia sino por falta de votos, como recordarán, y que ahora se mantiene como “influencer activista” en las filas podemitas, alienta desde ellas a una España partida por la mitad; a un pensamiento único del “o estás con nosotros o contra nosotros”; a que desde sus seguidores se insulte de manera inclemente a quien considera algo de manera distinta; y, en definitiva, a que la palabra democracia, con su intercambio de ideologías y consideraciones, quede convertida en un hueso para los perros. Terrible que alguien quiera algo así para su país y para sus compatriotas. Pero más aún cuando les informa de que les ha mentido mucho y durante mucho tiempo. “Yo ya no soy político, puedo decir la verdad”, se le escuchó decir al ideólogo de Podemos en un rapto de honestidad muy aplaudido, el pasado sábado. Según sus palabras, Pablo, mientras fue el segundo mandamás y responsable de España, mintió. Como también en todos sus otros cargos previos. Es ahora, cuando se dedica a movilizar a sus adeptos desde micrófonos y cámaras de medios de comunicación (que él quería controlar desde Gobierno. O no. Ya no sabemos si lo decía de verdad o mentía), cuando, por fin, dice la verdad. Difícil creerle. Pero algunos lo hacen. Como si fuera una especie de Mesías y cualquiera de sus actos estuviera justificado por el bien común. En fin. Ahora, en ese nuevo estadio de verdad, Iglesias se pone a calentar los ánimos en torno a un asunto de extrema gravedad, como es esa escalada de tensión entre Rusa y Ucrania. Y, por supuesto, critica que se mande una fragata española desde Ferrol, como parte de la actuación española y europea en unas maniobras de la OTAN. La situación es delicadísima. Nuestro país forma parte de la OTAN, le guste o no a Iglesias (nunca lo sabremos a ciencia cierta, como tampoco cuándo nos cuenta una milonga o no), y la actuación común, imprescindible. Y sobre el tema, opina ahora Iglesias, con una rotundidad que, dadas sus declaraciones, debería tener muy poca credibilidad. También lo hace, como no, la madre de sus hijos. Aunque suponemos, atendiendo a la confesión de Iglesias, que ella, como es Ministra, nos está engañando… Malos tiempos para resquebrajar las confianzas…
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