AYER, al leer un suceso que aparecía publicado en este mismo periódico, sobre la paliza que le había propinado una mujer a otra por presuntas cuestiones de infidelidad, no pude evitar trasladarme a la España del siglo XIV. En ella, como cuento en mi último ensayo novelado, “Pasiones carnales”, en el capítulo dedicado a Leonor de Guzmán -la concubina más poderosa de la historia de España-: “el adulterio masculino, y más si era noble o real, apenas tenía eco en la sociedad (con una cota de malla y una batalla de cruzada se perdonaban todos los pecados y se alcanzaba de inmediato la eternidad” Pero había “solo dos tipos de mujeres: las honestas y las malas. Y tal consideración podía ser una y otra dependiendo de lo que cada cual hiciera con su cuerpo (…) La honra de las mujeres era tan definitiva como para que los hombres murieran o mataran por ella y las propias mujeres eran impelidas por la sociedad a defenderla con ahínco. Incluso estaba bien visto que castigaran a las malvadas que arrastraban a sus maridos a la perdición. De hecho, el Fuero Viejo de Castilla, respecto a cómo debía actuar una mujer que encontrara a otra en el lecho de su marido, convenía lo siguiente: “Que se vengue de ella como quisiere”. Pasados los siglos, en los tiempos del Me Too, se supone que este concepto de mujer “buena o mala” debería estar del todo erradicado; sin embargo, en muchos más lugares de los que creemos permanece intacto. En el universo gitano, por ejemplo, pese a los avances de los tiempos la tradición continúa inalterable para muchos y muchas. Lo que sucede es que, como siempre, las muchas, se llevan la peor parte. De esta historia de golpes de una mujer a otra y de corte de pelo con trasquilones a la víctima ensangrentada lo peor no es la saña que la agresora justifica porque la agredida, según ella, ha querido intimar con su marido, sino que a los puñetazos y patadas, corte de pelo e insultos recogidos en un video, hay que sumar otro video más en el que un supuesto primo de la víctima le llama “zorra”, se muestra de acuerdo en que “la mate, en que la reviente del palizón (…), merecido se lo tiene” y solo se muestra preocupado porque el video puede “manchar la reputación de mi familia”. Obviamente la comunidad gitana ha condenado este violento suceso y hasta el familiar ha dicho que “se han malinterpretado sus palabras”. Pero está claro que, entre lo contado por unos y otros -incluido el del representante del colectivo gitano, que apunta “que este tipo de hechos también pasaban antes, pero no se “ventilaban” en los medios ni en las redes”, como fuera mejor que no se conocieran- subyace esa barbaridad de castigar al infiel y mucho más a la infiel, que siempre será la culpable de cara a todos e incluso a todas.. Es una consecuencia más del machismo impenitente, que no solo agrede y agravia a las mujeres, sino que incita a que se agredan y se agravien entre ellas.
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