Publicado en La Razón
En esta Semana Santa de la nueva normalidad que vivimos estos días todo es puro disparate. No hay vírgenes dolientes que portan hombres encapuchados cargados de cadenas, ni saetas gloriosas, ni lágrimas plenas de devoción, pero sí otro tipo de tristeza.
Es la pena de quien extraña ese otro mundo, de hace apenas año y poco, donde mostrábamos la cara y nuestros sentimientos. Ahora, parte de nuestro enfado lo ocultan las mascarillas, pegadas a nuestro rostro, casi como si fueran parte de él. Nos hemos tenido que acostumbrar a ellas, sin remedio, aunque por fases de confusión.
En la primera, las informaciones cruzadas nos llevaron a pensar que no eran necesarias. Al poco, descubrimos que resultaban imprescindibles, pero no todas. Recuerden: las FPP2 eran «insolidarias y pijas…» hasta que se convirtieron en «las únicas verdaderamente efectivas».
Pasamos por la gracia de colocarnos mascarillas a juego con el bolso o el carácter, a diseñarlas más sexys, a jugar con ellas durante el tiempo en el que hasta los espacios abiertos estaban prohibidos y, por fin, a quitárnoslas cuando el aire libre y la distancia de la playa y la montaña volvieron a permitirse, con restricciones de movilidad.