Publicado en La Razón
Ahora parece que el aislamiento, no en las mismas condiciones de encierro de estos meses desesperantes, pero sí en lo que se refiere a la distancia social, se mantendrá hasta 2022. Es una de las últimas advertencias que nos han hecho, para que vayamos acostumbrándonos a las mascarillas –las mismas que antes no eran necesarias- y sepamos que nuestro mundo, tras el coronavirus, será muy distinto al que vivimos hasta hace muy poco. Es preocupante, porque la vida no será tan bella sin los besos, los abrazos y la cercanía que implica poder tocarse; pero el ser humano tiene tal capacidad de adaptación, que internet ya se encuentra repleta de recomendaciones y tratamientos para que esa mascarilla, la aliada natural contra la enfermedad y la efusividad, no dañe nuestra piel e incluso se convierta en un instrumento más para realzar nuestros encantos en semi cautividad. Como lo leen. Colocada ya la media careta sobre nuestra nariz y nuestros labios, solo queda aprender a cerrarlos bien, cuando no convenga que de ellos salga lo que no le viene bien a las autoridades. Ni media queja, ni un cuarto de reproche. Solo hay que abrirlos para cantar y florear. Por decreto. Así estaremos a salvo de quienes nos quieren intoxicar con sus mentiras. Así solo nos quedará escuchar lo que dice el Gobierno, y aceptar como verdades absolutas las del CIS de Tezanos. Así las cosas, más que enmascarillados, la amenaza que se cierne sobre nosotros es la de estar amordazados. Pero esa no es una amenaza física. Y ahora que lo pienso, tampoco es una amenaza. Por desgracia y aunque haya quien aún no se ha dado cuenta, ya es una realidad.
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