Publicado en el suplemento de salud de La Razón
Hace muchos años, en una conversación desenfadada, el inefable Manuel Vicent soltó una frase contundente que a mí, muy joven por entonces, me pareció despiadada. “A partir de determinada edad –dijo- hay que estar delgado o no estar”. Risas aparte del grupo al completo, pensé en la falta de caridad que el insigne columnista demostraba hacia quienes no tenían la fortuna de gozar de una genética generosa y les engordaba hasta el aire. ¿Qué iban a hacer? Pues engordar y engordar ¿no? Pues no. Me di cuenta con los años. Es cierto que hay personas a las que la naturaleza ha favorecido más que a las demás y que son capaces de comerse un jabalí de aquellos que se zampaban Asterix y Obelix junto con el resto de la irreductible aldea gala, para celebrar las batallas ganadas, sin engordar un gramo. Otros, pobres, miran de reojo una triste gelatina de frambuesa y les cae kilo y medio de golpe. Está claro que nuestro mundo es injusto hasta en eso. Pero también es verdad que los kilos tienen mucho que ver con la indisciplina y con la pereza. Precariedad aparte, que siempre lleva a comer peor que mal, con tal de poder comer y por tanto a una gordura más terrible si cabe, lo cierto es que si se ordenan las comidas y se cierra el pico lo suficiente se pueden reconducir casi todas las genéticas. Y merece la pena, no solo desde el punto de vista estético, que ese es más que cuestionable, sino desde el de la calidad de vida. No se trata de reivindicar la delgadez extrema ni el sufrimiento frente a los exquisitos manjares sino de elegirlos bien y en las cantidades adecuadas. Esta vida nuestra que parece desarrollarse entre desayunos comidas y cenas tendría más sentido si nos alimentáramos con racionalidad. Hipócrates, padre de la medicina moderna dijo aquello de “que los alimentos sean tu medicina y tu medicina sea tu alimento” y desde hace mucho tiempo, cuantos nos dedicamos a algo relacionado con la alimentación (en mi caso a entrevistar a expertos, cada semana, en este suplemento) somos conscientes de que sólo con abandonar ciertos hábitos alimentarios, nos sentimos infinitamente mejor. Pequeños esfuerzos como rechazar los productos procesados, “abusar” de las frutas y verduras o elegir grasas buenas, como el aceite de oliva, pueden ayudarnos a combatir el estreñimiento, la migraña la fatiga o a apartar la diabetes y no convertirnos en diana de las enfermedades cardiovasculares. Además adelgazaremos y nos lo agradecerán nuestro carácter y nuestras rodillas y nos veremos más jóvenes ante el espejo. Así que, queda claro: a partir de determinada edad hay que estar delgado para vivir mejor y disfrutar más.
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