Matador es un pitbull oscuro, compacto, fuerte. Tiene cara de malo. De fiera. Da miedo. Aunque en realidad, es él quien debe estar aterrado. De hecho, cuando abre su poderosa mandíbula para aprisionar con ella el cuello de su adversario y no soltarlo hasta desgarrarlo por completo, no lo hace más que en defensa propia. Es un perro de pelea. O mejor dicho, es un perro obligado a pelear. Este perfil que acabo de describir podría pertenecer al de los perros de Ángel Ortega, dos pitbulls Game. O lo que es lo mismo, dos bichos cuyos niveles de agresividad han ido aumentando pelea a pelea ganada. Según cuenta Lucas de la Cal en El Mundo, le costaron una pasta a su dueño. Uno 17.000 euros y otro 20.000; pero claro, no los quería de mascota sino para aumentar su plantel de perros adiestrados para matar. Los mismos -230 de diversas razas- que se juegan la vida en torneos en toda España para lograr la gloria nacional e incluso la participación en Tailandia o China. Digamos que son perros luchadores, esclavos de sus amos, a quienes estos últimos hacen jugarse la vida por el espectáculo y por el dinero que ganan con él. En las peleas, los perros se muerden, se destrozan, se devoran, mueren… Algunos intentan escapar del horror al que son sometidos, pero sus dueños son capaces de romperles el cuello con sus propias manos antes de dejarles ir y, si lo hacen, es porque están tan malheridos piensan que ya no les sirven para nada y que morirán solo. Que el tal Ángel –más bien demonio- vendiera marihuana para financiar su banda de maltratadores es lo de menos. Lo de más es que, de probarse lo que parece más que probado, este tipo y sus secuaces son unos torturadores y unos asesinos. No es solo que ataran a las perras con las patas abiertas para que los perros las montaran hasta quedar preñadas, para así tener más perros que poner a pelear, sino que los entrenaban haciéndoles matar perros pequeños que robaban y finalmente los dopaban hasta convertirlos en auténticas fieras preparadas para matar o morir. Saber que a este tal Ángel al que llaman “el maestro” probablemente no irá a la cárcel porque las sanciones que suelen imponerse en estos casos son multas económicas y, como mucho, un tiempo de inhabilitación para desarrollar actividades relacionadas con animales, me pone el hígado del revés. Un ser humano que trata así a los perros, no es de mi especie. Yo no quiero ser humana como él. Prefiero ser perro.
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