Hace unos días tuve el privilegio de acudir como ponente al primer acto celebrado con motivo del Centenario de Enfermería de Salamanca, titulado “Tres miradas de mujeres”. Compartí escenario con María Teresa Miralles, investigadora y enfermera, que nos condujo por la Historia de la Enfermería con una claridad y un sentido del humor brillante y amenísimo y con la escritora Charo Ruano, que habló de la íntima relación entre literatura y enfermedad, en un recorrido muy interesante, además de obsequiarnos con un testimonio, verdaderamente emotivo, de su propia experiencia como enferma. Cuando me tocó el turno a mí quise resaltar el valor de la comunicación. Verán, desde que el mundo es mundo y antes incluso de que los cuidados a los enfermos se profesionalizaran, las mujeres hemos sido enfermeras de los nuestros y a veces de otros cercanos. Por eso la Enfermería tiene nombre de mujer. Por eso y porque, en la actualidad, ni siquiera hay un siete por ciento de enfermeros. Las enfermeras de las casas (las madres, las hermanas, las amigas) han sido fundamentales en las luces y las sombras de sus enfermos particulares; pero las enfermeras profesionales (cada vez más y mejor y por desgracia no tan bien consideradas y remuneradas como merecerían)han sido decisivas no solo en las curaciones de los enfermos , que también –porque sin sus cuidados las prácticas médicas reducirían su eficacia-, sino además en la manera de afrontar las enfermedades y poder vivir ese tiempo dependiente con más alegría y esperanza. Por eso, en mi charla, destaqué el enorme valor de la enfermería, pero asimismo esa responsabilidad paralela que va más allá de hacer bien el trabajo y que reside en la elección de la palabra adecuada. El valor de las palabras, de la comunicación verbal y no verbal, es incuestionable siempre, pero más aún cuando una persona está a merced de otro, y depende de su eficiencia, sí, pero sobre todo de su cariño. En un tiempo de deshumanización donde parece que la tecnología es lo único importante, las enfermeras conocen bien el efecto terapéutico de una caricia, de un abrazo o de esa palabra bien elegida a través de la cual el enfermo no solo se sentirá cuidado, sino también apreciado. Ser bueno o malo en cualquier profesión u oficio tiene que ver con muchas cosas, pero en la Enfermería, en ese arte de cuidar a los enfermos, depende sobre todo del corazón, del ser humano que lleve dentro cada enfermera… Por eso es una profesión tan excepcional.
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Tienes mucha razón Marta, como casi siempre, estoy de acuerdo , somos enfermeras sicóloga y muchas cosas mas