En los últimos años han cambiado tanto las recomendaciones sobre los alimentos, que los consumidores estamos hechos un lío. Igual que el aceite de oliva pasó de ser un producto denostado a puro oro líquido, otros tantos de nuestros alimentos más considerados se han convertido en auténticos venenos para los expertos del sector. Más allá de las propias grasas saturadas de las carnes rojas, que supuestamente tendríamos que consumir con exquisita moderación o de las grasas trans que viajan en el interior de la nociva bollería industrial y cuya ingesta se debería reducir al máximo, sino anular por completo, hay otros productos más que habituales que están en entredicho. Entre ellos el azúcar (antes excelsamente valorado por ser uno de los “motores del cerebro” y últimamente intensamente repudiado por su “cualidad”, de alimentar a las células cancerígenas.) y la leche. Respecto a los lácteos, cada vez hay menos división de opiniones y pese a los intentos de los diversos lobbys de productores de ocultar las últimas investigaciones, las marcas, sabedoras del problema, se encargan de ofrecer sus artículos cada vez con menos cosas naturales (sin su lactosa, por ejemplo, que tantas alergias produce) y con más cosas añadidas (como vitamina C o un aporte suplementario de calcio. Pero ni siquiera esta estrategia de vender los lácteos “reformados” consigue acallar las voces (y no solo entre los macrobióticos) que señalan que el hombre es el único mamífero que consume leche tras la lactancia y que los lácteos, al igual que el azúcar, tienen una relación directa con el desorden celular y, por lo tanto, con el cáncer. Si tenemos en cuenta que, desde hace mucho los médicos advierten que los saleros no deberían estar sobre las mesas, porque la sal tiene relación directa con la hipertensión, que es la asesina silenciosa que más mata en el mundo occidental y que el pescado, hasta hace poco profusamente valorado, de un tiempo a esta parte se mira con enorme recelo por las grandes cantidades de mercurio que contiene, casi nos empieza a dar pavor comer. ¿Existen otras alternativas a nuestra cultura gastronómica? Las hay, sí. Y seguro que irán apareciendo más. Pero de aquí a que lleguen (¡Dios no lo quiera!) las pastillitas de Soma de Aldux Huxley y su Mundo feliz, nada como comer un poquito de todo y mucho de nada y saber que, también en la dieta, en el equilibrio está la virtud y, por lo tanto, también la salud.
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