«No hallo más paz que en una iglesia»
– Actor –
Arturo Fernández es el galán por antonomasia. Y lo es más por casualidad que por vocación. Empezó a interpretar, de un día para otro, en los tiempos de la posguerra y, desde entonces, ayudado por su físico, no ha parado. Varias décadas después de haber dicho su primera frase en el cine y casi con el mismo aspecto sigue llenando teatros. En estos días, el Amaya de Madrid, con la función «Los hombres nunca mienten»
–Pero, ¿cómo que los hombres nunca mienten?.
–Bueno, ¿es mejor mentir o decir la verdad? Este es el gran problema, ¿no? Yo pienso que muchas veces lo que pasa de cintura para abajo no se debe ni mencionar; de cintura para arriba sí, porque no queda más remedio, porque pueden sufrir tres personas: tu mujer, tú y puede perjudicar también, a tu nuevo amor, o sea, hay tres personas. Ahí yo pienso que no se puede mentir.
–¿Mienten más las personas de la calle o los políticos?
–Yo pienso que mentimos todos un poco; pero todo depende del grado de la mentira. Los políticos, pues bueno, depende de cómo vengan dadas las cosas. Hemos tenido un Gobierno, el anterior, que nos ha mentido constantemente y todas las consecuencias de esa mentira las estamos pagando ahora.
–¿Y el de ahora?
–El de ahora creo que es honesto, auténtico y, sinceramente, tengo la esperanza de que sí nos llevará a buen puerto; al menos, es un Gobierno muy preparado.
–Hagamos un regreso al pasado. ¿Recuerda cuántas novias le salieron al ver su foto de boxeador, cuando era «El tigre de Piles»?
–¡No tengo ni idea! Aunque, en realidad, la fotografía de aquel entonces no te sacaba muy bien, porque era lo del pajarito… Pero siempre hubo algún amor, qué duda cabe, desde que nacemos estamos amando.
–Bueno, ¿y a partir de entonces?
–A partir de entonces, pues no. Yo puedo ser un seductor en el escenario, pero por lo que escribe otro, no por mí mismo; en la vida real siempre he sido hombre de una sola mujer.
–Ya. «Cada 15 días», ¿no? En realidad sé que las mujeres le han llevado de cabeza, desde aquella famosa Pilarín…
–La Pilarín… sí. Digamos que fue el primer amor. Tenía yo 17 años y ella 22. Pero el primer amor siempre es el último.
–Eso es cierto, claro, pero el primero también marca; y más si es con una mujer mayor, ¿no?
–A los hombres jóvenes siempre nos han gustado las mujeres mayores
–Y a los mayores, las jovencitas.
–Exacto, sí, somos muy cambiantes los hombres.
–Usted de aspecto no ha cambiado nada, no parecen haberle marcado esos duros tiempos de la posguerra…
–Mi generación ha pasado la Guerra Civil, la posguerra, la Guerra Mundial y la posguerra mundial, nos cayeron todos los palos por todos los sitios, pero hemos sido la generación más feliz que ha existido. Hasta ahora, no hubo otra más feliz que la nuestra. Cuando tuvimos 20 años levantamos España.
–Bueno, ahora me parece que los de 20 o los de 30 van a tener que levantarla en algún momento, ¿o no?
–Sí. Pero opina demasiada gente y en aquel entonces no opinaba más que una persona.
–¿Y eso es mejor?
–Sí, sí, sí, por supuesto. Cuando opinan muchos queda la casa por barrer.
–Usted llegó a Madrid muy joven y con seiscientas pesetas en el bolsillo, que entonces era un capital…
–En aquella época, efectivamente, era dinero; el suficiente para vivir tres meses, y bastante bien. Era el único que quedaba en casa. Entonces yo acababa de llegar de Francia de ver a mi padre, que estaba exiliado por problemas de la guerra (era de la CNT) y me dio dinero para mi madre. Y todavía quedaba algo cuando el 9 de septiembre cogí una maleta, la llené de ilusiones y me vine para Madrid.
–¿Y qué quería hacer? ¿Quería ser un galán?
–No, nunca. Vine detrás de una mujer.
–¿Otra?
–Sí, sí. De Ana Mari.
–¿También mayor que usted?
–10 años mayor. Era una mujer bellísima. Y, además, casada –no separada, porque entonces no se separaba nadie– y con un hijo.
–¿Y cómo acabó aquella historia?
–Pues como acaban todas las cosas… La culpa la tuvo la mili: yo me marché a la mili y el tiempo lo borró todo, qué duda cabe.
–Ya que habla de la mili, creo que es usted la única persona que conserva unos excelentes recuerdos de ese periodo de su vida…
–Sí, magníficos. Recuerdo que, cuando estaba haciendo la instrucción en Logroño, clavé la estampa de la Virgen, que me dio mi madre y aún conservo, en el mástil central de la tienda, para que no se arrugara. El día que terminó la instrucción fueron a visitar el campamento el capitán general y el obispo. Este último, al ver la estampa preguntó de quién era. Yo di un paso al frente y dije «mía», y entonces me concedieron un mes de permiso, que; en aquel entonces –estoy hablando del 51–, era algo imposible.
–¿Y dónde se fue?
–A ninguna parte, lo rechacé porque no sabía dónde ir. Mi madre se había marchado a Francia con mi padre, así que dije que no lo aceptaba. ¡El capitán de la compañía se quedó…!, dijo que era la primera vez que ocurría algo así. Pero es que yo no tenía a dónde ir y allí al menos comía, me vestían, dormía… Hasta pensé en reengancharme.
–Bueno, aunque no lo aceptara, la Virgen le consiguió un permiso… ¡Habrá sido creyente para siempre!
–Posiblemente ahora lo soy más. Cuando eres joven te olvidas de las cosas, te olvidas de todo; y a medida que pasa el tiempo, vuelven otra vez los recuerdos, las nostalgias, las cosas bellas que has adquirido de pequeño, incluso de tu madre, ¿no? Y no encuentro más paz y más luz que en el banco de una iglesia y, egoístamente, si está vacía, tanto mejor.
–Sin embargo, los teatros le gustan llenos, y los sigue llenando. Ahora que puede elegir el teatro y al reparto y que tiene el éxito asegurado, ¿echa de menos aquella primera actuación de extra con frase?
–Estuve cinco meses haciendo de comparsa, de bulto, hasta que un ayudante de dirección que por cierto era asturiano me dijo: «¿Serías capaz de decir una frase?», y, yo contesté: «El Quijote» entero. Recuerdo perfectamente la frase: «¿Pero todavía no has dicho que te alistas hoy?». La película era «La Señora de Fátima» Y salió bien, sí, lo cual sirvió para que siguiera mi carrera, porque en aquellos tiempos no equivocarse era una garantía. No había presupuesto para repetir. Sí, qué duda cabe, recuerdo todo y echo de meno aquella ilusión de llegar, cuando te faltaba tiempo para todo. Pero creo que lo he conseguido todo y soy un hombre terriblemente feliz porque no he hecho daño a nadie…
–Y probablemente, porque no ha tenido nunca miedo.
–No he tenido miedo a nada y eso sí que, posiblemente, se lo deba a mi padre. Recuerdo que en las tormentas de Asturias, cuando yo tenía unos cinco o seis años, había unos relámpagos terribles y yo iba a refugiarme con mi madre, y entonces mi padre me cogía y me encerraba en el balcón. «No hay que tener miedo, nunca a nada», me decía. Y se me quitó el miedo, a los relámpagos y hasta a los fantasmas. Eso sí se lo debo a mi padre.
–Menos mal, porque los galanes no tienen miedo. ¿No es cansado hacer siempre de galán?
–El que te diga que no quiere ser galán o que está cansado de serlo es que es feo, el tío.
–Supongo que llegará un momento en el que se sea galán en el escenario pero no en la cama, ¿no?
–Bueno, yo siempre he sido un gran aficionado… Y ahora más que nunca. Lo importante es no perder la ilusión y no dejar de practicar, si dejas de practicar todo se acaba. Hay que ser muy constante.
Personal e intransferible
A sus 83 años, felizmente recasado, con tres hijos de su primer matrimonio y tres nietos, Arturo Fernández aún ejerce de galán en el teatro y en la vida. Me recibe en el Amaya con uno de sus muchísimos trajes –«los conservo todos porque mantengo la talla»–, impecable. «La imagen es la tarjeta de presentación de un actor –dice–, aunque ahora… bueno, así destaco yo más». Y lo hace, pero en el teatro, porque tal y como está el cine… «La verdadera profesión está arriba de un escenario. El otro día vi ‘‘El cerdito valiente’’, nunca había visto una interpretación de un cerdo tan magnífica…Ya no creo en los actores de cine».
De cerca
«Yo dejé a una novia porque vivía en una calle en la que al doblar la esquina, siempre hacía viento, y ¡coño!, cada vez que iba a buscarla magníficamente peinado, acababa despeinado. Nada me fastidia más que ir despeinado».