Mis amigas me están contagiando la obsesión de la dieta. Lo reconozco ya soy de su club y cada día me preocupo más del recuento de calorías. Claro que el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Sobre todo si ha cumplido los cuarenta, momento en el cual por mucho que haya quien se empeñe en hablar de cuarentañeras y que existan infinitos iconos del cine y la moda de esa edad en nuestros días, los kilos, a las que pasan de cuatro décadas se nos aferran como garrapatas.
¿Qué hacer? Porque yo me niego a pasar hambre, a convertirme en un borrachaza de vino blanco en los cócteles para evitar zamparme los canapés y sobre todo en caer en la tentación de hacer una de esas dietas milagro de siropes, infusiones y potitos que son pan para hoy y hambre para mañana…
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