Estoy en un sin vivir con esto del pre verano que, al menos en Madrid, llega cargado de eventos de toda índole. Sobre todo porque una vez desaparecidas las mangas y acortadas las faldas es imprescindible ponerle color a la vida y fundamentalmente a la piel, para que no parezca que nos han sacado demasiado rápido del horno y sin acabar de tostar.
Menos mal que para mi buena suerte, ya no hace falta pegarse un atracón de horas de sol para dorarse la epidermis y que ya existe una gama de autobronceantes infinita para elegir. A saber. Para empezar, lo más recomendable es ir al centro de belleza más cercano a ver si allí, con un masajito, nos pueden dejar el bronceado igualado a base de extender la crema con cariño o incluso nos pueden disparar ese preciado tinte de piel que nos convierte, a la velocidad del rayo, en chicas de Ipanema.
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